El eje del tiempo: los Voladores de Papantla
El eje del tiempo: los Voladores de Papantla
Hubo un tiempo de gran sequía. La tierra se había endurecido y se había vuelto infértil. Los cuerpos comenzaban a debilitarse. Los ancianos comprendieron que el orden del mundo se había desajustado y que los dioses exigían ser escuchados.
Las personas del pueblo eligieron a cinco jóvenes, caracterizados por su nobleza y pureza espiritual, para brindar una ofrenda. Fueron enviados al monte a buscar el árbol más cercano al cielo. Al reconocerlo, le pidieron perdón, depositando en él súplicas y esperanzas.
Lo arrastraron hasta el centro del pueblo, donde lo erigieron. El tronco del árbol se convirtió en un eje que unía el cielo con la tierra, sosteniendo el equilibrio de la vida. Los jóvenes subieron a la cúspide para hablar con sus dioses en el lenguaje de las aves y en el latir del tiempo. Descendieron girando, ofrendando sus cuerpos a la tierra como semillas sembradas desde la mano de un dios, en un ritual que le devolvió la dirección al universo y conmovió a las fuerzas que lo rigen.
Entonces la lluvia regresó. Y con ella, el maíz y la vida.
En el norte de Veracruz, en la región de Papantla y en el entorno cultural de El Tajín, la ceremonia de los voladores se reconoce como un ritual ancestral que busca restablecer el equilibrio entre la tierra y sus ciclos.
No es una simple puesta en escena, sino una lógica simbólica que permanece activa en las comunidades que la practican y transmiten. Diversos relatos y estudios antropológicos coinciden en situar el origen del ritual en un momento de crisis agrícola. Desde la cosmovisión totonaca, el cambio de los ciclos establecidos implica una ruptura entre los hombres y las fuerzas que rigen el mundo.
Durante la danza se identifica al caporal, quien desde la cima del palo toca la flauta y el tambor. Los sonidos aluden el canto de las aves y el pulso de la tierra, estableciendo una comunicación con las fuerzas del cielo. Los otros cuatro voladores se atan con cuerdas y se preparan para el descenso. Sus cuerpos giran en el aire como una alegoría del tiempo.
Cada volador realiza trece vueltas alrededor del eje, conformando un total de cincuenta y dos giros que remiten al ciclo calendárico mesoamericano. Hay evidencias antropológicas que sugieren que este número corresponde a un periodo de renovación del tiempo.
Desde la semántica del mito, el cuerpo del volador ocupa el lugar de la semilla que cae del cielo a la tierra para renovar el ciclo agrícola. Esta danza implica riesgo, disciplina y preparación, y se concibe como un acto votivo. Tras el ritual, se espera la lluvia.
El reconocimiento de esta ceremonia como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad ha reforzado su visibilidad y ha impulsado procesos de reflexión sobre su salvaguarda. La danza permanece como una expresión de la cosmovisión mesoamericana que articula una ética de reciprocidad con la naturaleza en el territorio veracruzano.
Fuentes:
Instituto Nacional de Antropología e Historia. (2012). Plan de salvaguardia, protección, promoción y desarrollo del ritual de Voladores. Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Jáuregui, J. (2013). Una comparación estructural del ritual del Volador. Antropología. Revista Interdisciplinaria del INAH, 96, 75–104.
Secretaría de Cultura. (2008). Ceremonia ritual de Voladores. Expediente técnico de nominación a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Sistema de Información Cultural.
Sistema de Información Cultural. (s. f.). La ceremonia ritual de los Voladores. Secretaría de Cultura.
UNESCO. (2009). La ceremonia ritual de los Voladores. Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Vela, E. (2019). Vestimenta y simbolismo en la danza de los voladores. Arqueología Mexicana.