Xantolo
Xantolo
Más allá del espectáculo que envuelve a la tradición, el Xantolo es una práctica cultural que establece un tiempo liminal en el que el mundo de los vivos se vuelve permeable. Durante esos días, según una creencia profundamente arraigada en la Huasteca veracruzana, los difuntos regresan a visitar a los vivos, pero entre ellos también se encuentra la muerte.
En el norte de Veracruz, el Xantolo configura un sistema complejo de prácticas que se preparan con meses de anticipación, desde la siembra del cempasúchil que guiará el camino de las ánimas, hasta la puesta del altar doméstico que transforma la casa en umbral, y al pueblo entero en un escenario ritual que hospeda a la muerte, sin que pueda ser reconocida.
Ya en la fiesta, diversos personajes recorren calles y hogares bailando, visitando altares y activando el tránsito entre mundos. Los danzantes cubren su rostro para disfrazar su identidad, inaugurando un ritual colectivo de protección y memoria, en el que la máscara es un elemento imprescindible.
Crónicas periodísticas y testimonios recogidos en comunidades como Tempoal y Tantoyuca insisten en una regla esencial: durante el recorrido ritual, la máscara no debe retirarse. Quitársela implicaría quedar expuesto, ya que la muerte reconoce el rostro de sus víctimas, pero la máscara le hace dudar. El disfraz cumple así una función vital: engañar a la muerte para poder reencontrarse con aquellos a los que se ha llevado.
Se cuenta que, en las antiguas prácticas del pueblo Teenek, los habitantes descubrieron que la muerte aprovechaba la apertura del portal para llevarse a alguien más. El disfraz puso el mito en la piel. Exagerar los rasgos de las expresiones, cubrir la cara, simular animales o cambiar de edad o de género, fueron formas de protegerse, engañando a la muerte. De ahí nacen las máscaras boconas, los viejos con bigotes imposibles, los diablos caricaturizados o los rostros bestiales.
La máscara protege al danzante, pero también le despoja de su personalidad y lo convierte en medio. Una de las prácticas más conmovedoras documentadas en el norte veracruzano es aquella en la que las familias encargan máscaras inspiradas en la fotografía de un ser querido fallecido. Las máscaras también permiten darle un rostro a la ausencia.
La máscara articula tres operaciones simultáneas: desidentifica al portador, confunde a la muerte y convoca al ausente. Es disfraz y es umbral; enseña a convivir con la muerte sin temerle.
Estas máscaras, de madera, son elaboradas en madera por talleres familiares. El tallado es un proceso artesanal que se transmite de generación en generación. Las paredes de estos talleres pueden entenderse como archivos de memoria comunitaria en los que cada máscara guarda una historia.
Como las armas forjadas por Hefesto, que establecían una relación entre lo humano y lo divino, los artesanos aparecen como mediadores entre mundos. Su trabajo no produce objetos, sino condiciones para el ritual: protección para los vivos y retorno para los muertos. En sus manos, la memoria adquiere forma cada vez que la gubia abre la madera.
Fuentes:
Castillo Díaz, P. (2013). La danza de “Los viejos”. Una representación de la muerte viva en Tempoal, Veracruz. Vita Brevis.
La Jornada. (2013, 31 de octubre). Tempoal, donde las máscaras espantan y burlan a la muerte. La Jornada.
Secretaría de Cultura. (s. f.). El carnaval y su expresión en la diversidad cultural de México (Cuaderno 16). Dirección General de Culturas Populares.
Sistema de Información Cultural. (2019). La Viejada: El ceremonial de la danza de los viejos en Tempoal, Veracruz. Secretaría de Cultura.