Entre las expresiones festivas comunitarias del estado que se alejan del espectáculo urbano, el carnaval figura como un ritual genuino e identitario, en el que el tiempo ordinario de las poblaciones se vuelve abstracto y simbólico: los poderes se invierten, las tensiones se exponen y se deja de ser uno mismo para ser otro con los demás.

 

El carnaval representa una forma de continuidad cultural en la que confluyen elementos indígenas, africanos y europeos, reconfigurados históricamente en prácticas locales que aluden al trabajo, al territorio y la identidad; a la relación de la vida y la muerte y, en general, a la persistencia de ideas antiguas que dialogan con la contemporaneidad.

 

Dentro de esa estructura, la máscara ocupa un lugar central. Su función no es ornamental, sino simbólica, mística y social. La máscara permite la transmutación y superposición de seres, la inversión de fuerzas y roles, la protección, la catarsis, la dilución de la individualidad en el anonimato colectivo y la dramatización del conflicto.

 

La máscara personifica uno de los rasgos más importantes de las ceremonias de carnaval: el poder de la comedia, la capacidad de reírse de lo irrisible, de señalar y burlarse de aquello que sólo mediante la dramatización sería posible, y la capacidad de disipar –con humor y algarabía– las tensiones del individuo y de la comunidad.

 

Talladas en madera, pintadas, adornadas con diferentes materiales y elementos o acompañadas por campanas, pieles, huesos y cuernos, las máscaras concentran diferentes capas de significado. Algunas figuras provienen del bestiario festivo: toros, venados, burros, jaguares y armadillos. Otras, pertenecen a un orden de tipo social: viejos, payasos, charros, guerreros o rostros genéricos.

 

Cada máscara simboliza algo distinto. Los animales suelen remitir a la fuerza, la territorialidad, el trabajo rural o la bestialidad; las humanas desplazan el sentido hacia la comedia de la autoridad, las jerarquías, los roles o la alteridad.

 

El vínculo entre carnaval y afrodescendencia resulta fundamental para comprender sus rituales en el estado de Veracruz. En las cañadas del centro, como Coyolillo, Almolonga y Alto Tío Diego, el carnaval se manifiesta como una fuerte expresión de herencia afromestiza y la máscara animal ocupa un lugar central.

 

Disfraces de toros, venados, carneros y burros con campanas recorren la población, transformándola con el sonido y la danza. Estas figuras condensan la memoria del trabajo rural, la relación con la tierra y una energía colectiva que se expresa tanto en lo sonoro como en lo visual.

 

En regiones como Zacualpan o Los Tuxtlas, la máscara es un conducto simbólico que, durante la mojiganga de carnaval, expone diferentes capas históricas –desde tiempos prehispánicos hasta la colonia– atravesadas por un largo proceso de sincretismo y asimilación cultural.

 

Talladas en madera y policromadas, las máscaras narigonas representan el enfrentamiento de culturas antiguas, sobre un rostro que es portador de una memoria cultural reconfigurada para el presente.

 

En el corredor central que articula Xalapa, Coatepec, Xico y Naolinco, la máscara adquiere otra dimensión. En Naolinco, la talla en madera forma parte de una tradición viva, representando rostros humanos genéricos, payasos, seres híbridos y la presencia de la muerte, en un contexto festivo que permite entender el ritual como un conjuro contra la tristeza y una afirmación de la vida.

 

En Tuzamapan, la figura del bonetero o viejo del carnaval sostiene la memoria de las haciendas cañeras, a través de la parodia de los ricos hacendados. Vestido elegantemente, sostiene un largo machete y porta encima de la máscara un alto sombrero hecho con papel. El disfraz, en este contexto, permite procesar una historia social compleja mediante el gesto festivo.

 

Hacia el norte serrano, en localidades como Huayacocotla y Tlacotepec, el carnaval adquiere un carácter más teatral. Las máscaras de viejo, payaso o diablo generan un espacio en el que las tensiones sociales se pueden observar y compartir.

 

En el Totonacapan y las llanuras del norte, figuras como el jaguar, el caballero armadillo o el rostro genérico de hombre refuerzan el vínculo con la naturaleza, la animalidad y el anonimato colectivo. La máscara aparece como un objeto de mediación entre la comunidad y su entorno, entre lo humano y lo que le rodea.

 

Existe gran diversidad de máscaras de carnaval que cambian de una región a otra, estableciendo una relación particular con la identidad y la memoria de cada comunidad. Las máscaras no pertenecen a un solo lugar, sino que conforman constelaciones culturales que distinguen, y a su vez cohesionan, identidades. En ese universo de representaciones populares encontramos una de las expresiones más persistentes de la diversidad cultural en Veracruz.



Referencias:

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