La Danza de los negros, que se realiza en las zonas serranas de Veracruz, Hidalgo y Puebla, es una de las expresiones que mejor expone la convergencia de memorias afrodescendientes, indígenas y coloniales. Su surgimiento está ligado a la llegada de los españoles, en regiones donde pueblos originarios y población africana confluyeron en las actividades agrícolas.

 

Desde una perspectiva antropológica, se narra que entre los africanos traídos al continente como esclavos se encontraban una mujer y su hijo. Un día, mientras trabajaban, al niño lo mordió una serpiente, y la madre –al darse cuenta de lo sucedido– de inmediato corrió en su auxilio. Al verlo tirado y agonizante comenzó a moverse alrededor, gritando, en la que parecía una danza desesperada que los totonacos, asombrados, interpretaron como un ritual. Con la intención de ayudarle comenzaron a imitarla, y así nació la Danza de los negros.

 

Es una de las expresiones rituales más complejas del paisaje cultural serrano, caracterizada por los fuertes golpes de percusión, máscaras barbadas, machetes, disfraces con capa, figuras religiosas, paliacates, espejos, cascabeles y sombreros con flores. Cada uno de estos elementos configura un universo simbólico en el que confluyen las tres raíces que constituyen la identidad veracruzana.

 

Entre los personajes de la danza aparece el rey, que representa la autoridad y que puede leerse como el poder colonial, ridiculizado a sus espaldas. El capitán encarna el brazo armado del orden, pero también la obediencia forzada y su desgaste frente al ingenio colectivo del pueblo.

 

La cuadrilla de negros o negritos representa al colectivo, a la población afrodescendiente, al pueblo trabajador. Ellos bailan, zapatean y hablan con burla, mofándose del rey y del capitán. También aparece la Catarina como figura mediadora y de ruptura.

 

En algunas variantes aparece el viejo, que recuerda que la sabiduría no está en la fuerza, sino en la experiencia. En otras, el diablo introduce el caos, persigue, asusta y hace reír. A veces también participa el jaguar, recordando el vínculo con la naturaleza y el respeto que se le debe. Los músicos son el pulso vital de la danza: acompañan, marcando el ritmo y los tiempos.

 

Podemos entender la danza como una escenificación crítica de la historia racial, colonial y mestiza, en la que cada personaje es una representación social. Con el tiempo se ha ido modificando, pero lejos de borrar el mito inicial, estos personajes y sus símbolos lo ampliaron, exhibiendo el poder y parodiándolo en escena, a la vez que enaltecen el saber ancestral y comunitario.

 

Conocer el mito fundacional de nuestras expresiones festivas permite una lectura ampliada que exhibe el entrecruce de culturas, cuerpos e identidades, y abre la posibilidad de orientar su práctica hacia una ética de respeto, memoria social y mediación cultural con sentido crítico.

 


Referencias:

AGUIRRE BELTRÁN, G. (2001). Bailes de negros. Desacatos. Revista de Ciencias Sociales, (7), 11-25.

INSTITUTO NACIONAL DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS (s. f.). Etnografía del pueblo totonaco (Tú Tunaku). Gobierno de México.

MAGAÑA, G. (2020, 14 de agosto). Danza de los negritos: una interpretación totonaca con orígenes en la época de la conquista. SinEmbargo.

MORENO, M. del R. (2017). La danza de los negritos. Arqueología Mexicana, 24 (144), 82-83.

STRESSER-PÉAN, G. (2011). El sol-dios y Cristo: La cristianización de los indios de México vista desde la Sierra de Puebla. Fondo de Cultura Económica; Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos.