Para algunas comunidades originarias del estado de Veracruz, el Tetocoyan es un espacio ritual de tránsito y de reencuentro entre los vivos y sus muertos. Durante los días de la celebración, el camposanto es escenario de un entramado cultural complejo, en el que convergen prácticas rituales espirituales, ciclos agrícolas, memoria comunitaria y concepciones de la vida y la muerte ligadas a la tierra.
El término náhuatl Tetocoyan puede interpretarse –desde su composición lingüística–, como un lugar asociado al acto de enterrar o depositar a los muertos. En la cosmovisión indígena, cada persona contenía diferentes entidades anímicas con sus propios destinos después de la muerte, lo que permite comprender por qué el camposanto se concibe como un lugar de vínculo y transformación, más que como una ubicación final.
El culto a los muertos fue una práctica ampliamente extendida en el mundo mesoamericano, como lo muestra el calendario ritual mexica, en el que algunas festividades estaban dedicadas a los difuntos; estrechamente ligadas, a su vez, a ciclos y calendarios agrícolas.
Tras la colonización, estas prácticas se reconfiguraron e integraron al calendario cristiano, coincidiendo con el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos. Este proceso no implicó la desaparición de las creencias indígenas, sino su sincretismo bajo nuevas condiciones culturales.
En Necoxtla esta historia se vive a flor de piel, cuando después de caminar entre senderos aparece frente a los ojos un campo encendido por cempohualxochitl, que inunda la atmósfera con su olor inconfundible: ese que guía y permite el encuentro de los vivos con sus muertos. Caminar entre las flores es atravesar un umbral en el que cada paso despierta a la muerte.
Se entra al Tetocoyan con la humildad y el respeto de quien descubre, en el culto a la muerte, respuestas para la vida. El humo de la resina sagrada del copal recorre el espacio y configura un paisaje profundamente místico, en el que la música de alientos y de maderas acompaña el carácter ceremonial y festivo del acto. Las velas, al atardecer, parecen reflejar constelaciones de culturas antiguas.
En este entrecruce histórico, místico y cultural se expresa una idea central del pensamiento mesoamericano y de la tradición local: la vida viene de la tierra, y a ella vuelve.
Referencias:
LÓPEZ AUSTIN, A. (1980). Cuerpo humano e ideología: Las concepciones de los antiguos nahuas (Vols. 1-2). Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Antropológicas.
LÓPEZ AUSTIN, A. (1996). Los mitos del tlacuache: Caminos de la mitología mesoamericana. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas.
MOLINA, A. de, (2001). Vocabulario en lengua castellana y mexicana y mexicana y castellana (Obra original publicada en 1571). Porrúa.
SECRETARÍA DE CULTURA, (2015). La festividad indígena dedicada a los muertos: Patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Gobierno de México.
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO, (2012). Gran Diccionario Náhuatl [En línea]. Instituto de Investigaciones Históricas.
VELASCO TORO, J. (2000). Cosmovisión indígena, ritual y territorio en Veracruz. Universidad Veracruzana.
VELASCO TORO, J. (2012). Fiesta, memoria y ritual en las comunidades indígenas de Veracruz. Universidad Veracruzana.